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Siglo XIX

En ese lugar, situado también cerca de la plaza de Santa Ana, hasta 1888 existía un conjunto de edificios góticos; lo componían una iglesia, un monasterio y un claustro anexo, conocido como el convento de Nuestra Señora de Montsió.
En aquel convento vivían desde 1420, unas religiosas dominicas, pero tuvieron que irse cuatro siglos más tarde como consecuencia del movimiento revolucionario, que coincidió con el levantamiento carlista que se inició en Barcelona con el incendio de los conventos.
Más tarde, el viejo edificio que había estado dedicado al recogimiento y la reflexión se utilizó como teatro, hasta que lo recuperaron las dominicas, pero tuvieron que evacuar de nuevo unos años después para que los milicianos de la Primera República lo ocuparan provisionalmente.
Las originarias inquilinas de aquel edificio tuvieron que emigrar de nuevo. Al parecer aquellos muros tampoco estaban destinados a disfrutar por mucho tiempo más de la natural tranquilidad para la que fueron construidos. En 1888 alguien tuvo la genial idea de trasladar, piedra por piedra, el convento y la iglesia a otro lugar. El espacio elegido fue la rambla de Catalunya, esquina Rosselló.
Como los conflictos no acababan, tampoco descansaron las piedras del monumento. Con la guerra de 1936 expulsaron nuevamente las monjas del nuevo emplazamiento y el edificio fue requisado por el “Frente Popular”.
Terminada la confrontación la iglesia conventual se convirtió en la parroquia de San Ramón de Peñafort y la comunidad se trasladó a Esplugues. Allí se construyó un nuevo edificio con el mismo claustro gótico del primer convento de Nuestra Señora de Montsió.

Dejando aparte las vicisitudes del convento y de las hermanas dominicas, el caso es que en aquel lugar, considerado todavía como el centro cultural de la Barcelona de aquel tiempo, quedaba un gran vacío. El espacio tenía un considerable valor económico, así que un hombre hábil para los negocios como el señor Martí, aprovechó la circunstancia y decidió construir una casa de pisos de alquiler, que gracias al trabajo de Puig y Cadafalch se convertiría en una casa de planta baja y tres pisos. La fachada era de obra vista y la jamba de las ventanas de piedra trabajada.
La definición con la que casi todo el mundo coincide es que la casa Martí es de un gótico peculiar, una versión muy particular de las construcciones típicas de los Países Bajos o de la Alemania del siglo XV.
Sin duda, la primera obra del joven Puig y Cadafalch es atrevida y llena de influencias de diversas tendencias.

Eugeni D’Ors, que al parecer no mantenía buenas relaciones con el arquitecto, definió el trabajo de Puig i Cadafalch como “gótico-puigcadalquesco mozo de escuadra-catalán”.
La casa Martí, situada en la esquina de la calle Montsió con la del Patriarca, quedó terminada en 1896. Su primer habitante fue Narcís Verdaguer i Callís, abogado y pariente de Mossen Cinto, que estableció allí su despacho después de haber abandonado la carrera sacerdotal.
Como curiosidad es interesante destacar que Narcís Verdaguer fue el fundador del Centro Escolar Catalanista y también fue miembro de la Liga de Cataluña. Estaba casado con la Sra. Bonnemaison de origen francés. Ella creó el Instituto de Cultura y Biblioteca Popular de Barcelona. Por cierto, en el buffet Narcís Verdaguer hizo su aprendizaje profesional un destacado ampurdanés, Francesc Cambó.
Para completar la actividad que se desarrollaba en la casa Martí, en los bajos del despacho de abogados, muy cerca de la calle, Pere Romeu encontró la sede para el local Els Quatre Gats. Fue inaugurado el 12 de junio de 1897.

Siglo XX

En 1899, con 17 años, Picasso comenzó a frecuentar el local y realizó su primera exposición en la sala grande. También hizo el cartel que se utilizó como portada del menú de la casa. Por el local también pasaron músicos como Isaac Albéniz y sus amigos Enrique Granados y Lluís Millet, arquitectos como Gaudí y dibujantes como Ricard Opisso.
Las calles de Barcelona quedaron impregnadas de la bohemia que dejaron y aún hoy se puede respirar el aroma de aquellos que cambiaban impresiones sobre el futuro de su tiempo. Aquellos primeros años, los más luminosos y expresivos, han quedado retenidos en las mesas y ahora están colgados en las paredes.
Allí están todos: Picasso, Casas, Opisso, Nonell, Rusiñol …; ellos dan fe de lo que sucedió durante unos años en los que vibró el sentimiento artístico de Barcelona y el de un local lleno de inspiración.

Pablo Ruiz Picasso había llegado a Barcelona en 1895 con su padre que era profesor de la Llotja, donde entró como estudiante sin hacer un esfuerzo excesivo para ser admitido.

A los quince años presentó en la Exposición Municipal de Barcelona, “Primera Comunión” y poco después “Caridad”, dos de los cuadros que dio al Museu Picasso de la calle Montcada en 1970.

En 1898, después de vivir en Madrid y estudiar en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, vuelve de nuevo a Cataluña, concretamente a Horta de Sant Joan, el pueblo de su amigo Manuel Pallarés. Un año más tarde se instaló nuevamente en Barcelona y comienza a frecuentar Els Quatre Gats. Entonces tenía 17 años.

Pronot se siente como pez en el agua en el concurrido local, entre los bohemios y artistas que suscitan su admiración. Entre ellos destacaba Ramón Casas, a quien admiraba desde un buen principio, como todos los jóvenes de su época. Picasso creía que Casas era un superdotado, por eso trataba de emular su habilidad como cartelista y retratista.

Existen innumerables dibujos y pinturas que dan testimonio del paso de Picasso por Els Quatre Gats, de entre ellos el que el joven pintor dibujó para festejar el nacimiento del hijo de Pere Romeu en 1902.

Antes, en 1900, Picasso realizó su primera exposición en la Sala Grande de Els Quatre Gats. Eran veinticinco retratos a carboncillo y acuarelas, clavados con chinchetas en la pared.

Aparecen en estos retratos, Ramón Casas, Santiago Rusiñol, Pere Romeu y también de otros artistas y algunos individuos peculiares que frecuentaban el local.

En estos dibujos, a modo de caricatura, puede verse al mismo Picasso junto con sus amigos más íntimos, como Ángel Fernández Soto y Jaume Sabartés.

También son interesantes los bocetos que representan unos niños en la puerta de Els Quatre Gats, como si fueran a ver un espectáculo de marionetas. Hay más dibujos que dan testimonio del paso de Picasso por local. En uno de estos se puede ver una mujer vestida elegantemente, y sentada ante una jarra de cerveza y, al fondo, la fachada de estilo neogótico del edificio. Como si se tratara del proyecto de un cartel, en este dibujo se puede leer: 4 Gats.

Más conocido es el cartel que sirvió como portada del menú de la casa. En este se puede ver un grupo de clientes sentados ante la fachada, si bien imita el estilo de Casas, es más espontáneo.

El espíritu inquieto de Pablo Picasso no puede limitarse a Barcelona, ​​Cataluña o España.

Atraído por la admiración que sentía por Max Jacob y Guillaume Apollinaire, se fue a París, donde finalmente encontró la ayuda de Gertrude Stein .

De esta manera y gracias también a Henri Matisse, consiguió pintar, en aquellos primeros años, muchas de sus obras maestras. Vendedoras ambulantes, trúhanes, prostitutas, saltimbanquis, moribundos y acróbatas alcohólicos, son los cuadros de la conocida época azul.

Después todo fue rosa y en los cuadros de esa etapa desaparecen los personajes que arrastran la carga de sus penas. Tendrán su lugar los arlequines, las chicas alegres y los saltimbanquis en la plenitud de sus vidas.

Final de una era

Pere Romeu era un idealista y no un hombre de negocios práctico. Parece ser que si alguien no tenía dinero para pagar la consumición, no lo tenían en cuenta ni lo hacían lavar los platos. Además, los que pagaban abonaban un precio muy reducido. Así cada día había menos ingresos y se acumulaban más deudas. Hasta que en junio de 1903, cerró la cervecería que había abierto con tanto entusiasmo en 1897. El cierre dejó sorprendidos todos los barceloneses. Pere Romeu se dedicó a otras actividades como el automovilismo pero continuó siendo pobre hasta su muerte, en 1908, de tuberculosis.

Su amigo, Santiago Rusiñol escribió: «aquel lugar pintoresco, lleno de sueños, que asustaban el menestral; aquellos cuadros de las paredes que las chicas de la casa no podían ir a ver porque les gustaban demasiado; aquella humareda de pipas que emborrachaba de ideas los parroquianos de la casa; duerme en paz amigo, que te lo mereces. Solo habías hecho el bien, y no tengas pena de marchar! Nosotros sí que te echaremos de menos, y en tí echaremos de menos una época en la que la fantasía hacía vivir ».

La reapertura

Después, el local se convirtió en la sede de la casa del círculo artístico de Sant Lluch, hasta 1936, cuando la guerra civil lo cambió todo. Tuvieron que pasar muchos años para que Els Quatre Gats saliera de su letargo y comenzara de nuevo su camino. A finales de la década de los 70, tres empresarios del ramo de la gastronomía, Pedro Moto, Ricard Alsina y Ana Verdaguer, se asociaron para volver a abrir sus puertas, con nuevas propuestas para el ambiente cultural barcelonés.
A partir de 1988 el empresario Josep Mª Ferré, con entusiasmo renovado, comenzó a dirigir el restaurante y la «Casa Martí», donde está ubicado, fue restaurada en 1991 en el marco de la campaña «Barcelona ponte guapa ».